En la ciudad de la furia.

Actitud Buenos Aires

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Me desperté a las 7:30 y, con los ojos entreabiertos, noté que el cielo estaba muy encapotado y que no paraba de llover torrencialmente. Le resté importancia: viví en Europa del Norte un tiempo y allí aprendí que la lluvia no debe impedir la realización de mis actividades, porque sino, allá que llueve siempre, nadie haría nunca nada. Mientras me duchaba se cortó la luz. Empezamos bien. Tenía que imprimir unas cosas para hoy a la mañana y las había dejado anoche, pensando que “total lo hago a la mañana antes de salir.” Me recontra cago en mi vagancia. Papá estaba histérico: ¿dónde está la factura de Edenor para llamar? ¿tenemos teléfono? ¿los vecinos tienen luz? ¿tenés una linterna ahí? etc.

Desayuné una galletita de agua y un vaso de jugo (sin luz, no hay tostadora ni cafetera) y salí a la calle. Volví a casa tres veces. En el medio de semejante quilombo, me había olvidado de: 1) las llaves 2) el celular y 3) la billetera. Empezamos bien, seguimos mejor. Pasé por un kiosco a comprar puchos. No vendía Marlboro, ni Lucky ni nada que no sea Next y Derby. ¿Dónde coño se ha visto un kiosco que no venda Marlboro en esta zona? Por el amor de Dios, ¿cuántos de mis vecinos fuman Next y/o Derby? Fui a una estación de servicio. “No te puedo vender porque no tengo luz.” Al tercer kiosco logré comprar mi droga. Después de cruzar cual nadador olímpico algunas de las avenidas más importantes de la ciudad, llegué a la parada del colectivo. Los bondis no frenaban porque venían hasta las manos. Seguíamos mejor, esto ya es Eldorado. Quise tomar un taxi. Los taxistas siempre putean porque nadie toma taxi. Minga, hoy no había ninguno. Empecé a caminar, recordando la teoría del Viejo de que siempre hay taxis libres en las intersecciones de dos grandes avenidas. Las Heras y Pueyrredón, todos llenos. Bajo la lluvia, que ya mermaba, seguí caminando. Descubrí que casi no tenía plata en la billetera. Pasé por un cajero de mi banco (ya le voy a dedicar un post a mi banco querido…) y la máquina me escupió la tarjeta al grito de “La operación no puede ser realizada.” Esto era Eldorado, ahora es Viva la Pepa. Crucé a otro banco y logré sacar dinero. Llegué a Las Heras y Callao. Esperé un rato y nada, tampoco había taxis. Me mandó un mensaje una compañera. “¿Vas a ir hoy?” Le respondí que si dentro de tres minutos no aparecía un taxi o colectivo libre, lo interpretaría como que El Destino no quiere que haga mis actividades matinales.

No aparecieron ni ningún taxi, ni ningún colectivo, ni Julio Cobos ofreciéndome ir a cococho a desayunar con Cristina. Hoy a la mañana Buenos Aires fue el Hades. Terminé en casa de mi abuela. Me hizo panqueques.

Me voy a mudar a una aldea remota en las Islas Marianas del Norte.

Algunas fotos para ilustrar lo que era La Ciudad de la Furia hoy a las 8:25 am:

lluvia1.jpg

Av. Figueroa Alcorta y Castilla, con semáforo fuera de funcionamiento porque no había luz.

lluvia2.jpg

Avenida del Libertador y Tagle, frente al Automóvil Club.

lluva3.jpg
Avenida Las Heras y Tagle – Hospital Rivadavia

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Written by Marcos

October 5, 2007 at 11:12 am

3 Responses

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  1. Tremendo… pero buena interpretación del destino. Cuando se emperra para no mandarte un taxi o un bondi… ¿para qué ir en contra y seguir buscando? 😛

    Yo me pregunto, ahora que Cobos está peleado con la Cris – te lleva a cococho para ir a desayunar? 🙂

    Excelente blog.

    Gastón.

    Gastón

    October 5, 2007 at 2:49 pm

  2. Muy buena nota. Solo quiero comentarte que en mi caso Buenos Aires es como mi tortura-liberación. He estado en varias ciudades del mundo y a pesar de sentirme bien en algunos lugares, se me va rápido ese estado y comienza la necesidad de estar en mi quilombo. Necesito atar con alambre las cosas que se rompen, cruzar la calle entre los autos que cruzan en rojo y yo por el medio de la calle. Me hace falta la sorpresa: ir al subte y encontrar un cartel que diga jódase hoy hacemos paro; saber con exactitud que nada es exacto ni seguro; que todo lo que es normal para todos, no lo es para nosotros, quizás porque los argentos odiamos la rutina y que todo ande bien nos caga la aventura de sobrevivir y hacernos sobrevivientes de este microcosmos porteño plagado de incertidumbres que nos hacen pensar un poco mas, intentar encontrar soluciones al minuto y no ahogarnos en un vaso de agua. Una vez estuve en Atocha, España y había huelga de conductores de trenes. La gente perdía muchísmo tiempo pensando y puteando sin saber que cornos hacer. Aca la cosa se arregla fácil. bondi, taxi, combi trucha o meter pata a morir. Pero se solucionan las cosas. Se que estoy totalmente loco. Pero poné a un argentino y a otros 9 de otras nacionalidades en un desierto con un poquito de agua y otro poco de alimentos. El único que va a llegar con vida a una civilización cercana es el argento. De los demás 5 murieron por deshidratación y los otros 4 fueron muertos de hambre. El argento seguro se tomó todo el pis de los demás y se comió el cuerpo de al menos 3 de los muertos. Esa es la ACTITUD BUENOS AIRES.

    vicor lugones

    November 8, 2007 at 12:14 am

  3. Estimado Victor:

    Creo que todos los porteños tenemos una relación amor-odio con esta, nuestra ciudad. En mi caso personal, la detesto pero al mismo tiempo me encanta caminar por la misma calle por la que voy todos los días y encontrarme con ese edificio al que nunca le había prestado atención, subirme a un colectivo y ver que el chofer tiene al lado suyo un ejemplar del siempre oligarca La Nación (doy fe de que hay algunos), ir al Once y cruzarme, en una misma cuadra, a un hijo de italianos, un judío con kipá y un grupo de coreanos, maravillarme ante la inmensa capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos y la lista sigue. Creo que no hay muchas ciudades que tengan esa forma de ser. Buenos Aires siempre está viva, siempre tiene energía y siempre te deja hacer la tuya. Si te aburrís o si estás solo en Buenos Aires es culpa tuya, no de la ciudad.

    Además, cuando estoy aquí hablo pestes de Buenos Aires, de los porteños, de las calles bacheadas y de los colectivos que no vienen. Pero solo tengo que irme unos pocos cientos de kilómetros para extrañarla y saber que, al fin al cabo, aquí es donde estoy en casa.

    Saludos y gracias por comentar,
    M.

    M.

    November 8, 2007 at 2:36 am


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